Saúl Bellow, 1976
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El 12 de diciembre de 1976 Saúl Bellow recibe el Premio Nobel de Literatura. En su discurso de aceptación planteó su idea central sobre el arte y la literatura.
Partió de Conrad: En el prefacio a El negro del Narcissus, declaraba que el arte era un intento de rendir plena justicia al universo visible: trataba de encontrar en ese universo, tanto en los aspectos de la materia como en los hechos de la vida, lo que era fundamental, perdurable, esencial.
Marcó Bellow, en aquel discurso hoy demasiado olvidado por el público y los artistas mismos, que el método que el escritor empleaba para alcanzar lo esencial era diferente del utilizado por el pensador o el científico, que conocían el mundo mediante el estudio sistemático.
Para empezar el artista sólo contaba consigo mismo; sondeando las profundidades de su ser, encontraba “los términos que requiere su invocación” en las solitarias regiones donde descendía.
Aquella noche del 12 de diciembre del 76, Bellow citó también a Alain Robbe-Grillet, para acercarse a la novela de aquel tiempo: En un artículo titulado Sobre varias nociones caducas, afirma que en las grandes obras contemporáneas –La Náusea, de Sartre; El Extranjero, de Camus; El Castillo, de Kafka - no hay personajes; en esos libros no hay individuos, sólo entidades.
Añade: La novela de personajes pertenece enteramente al pasado. Describe un período: el marcado por el apogeo de lo individual.
Recordemos el contexto de aquella noche decembrina del 76: la televisión ejercía plenos poderes en vivo y en directo, no hacía mucho habían pasado las dos Grandes Guerras, el cine evolucionaba a pasos agigantados, la Guerra Fría.
Dijo: Todavía somos capaces de pensar, de sentir, de distinguir. Las actividades más puras, sutiles y elevadas no han sucumbido a la furia o a la insensatez.
Sólo el arte penetra lo que el orgullo, la pasión, la inteligencia y la costumbre erigen por todas partes: las realidades aparentes de este mundo.
Dijo: Los escritores suscitan un gran respeto. El público inteligente hace gala de una maravillosa paciencia hacia ellos, sigue leyéndolos, y sufre una decepción tras otra, esperando aprender del arte lo que no le enseñan la teología, la filosofía o la teoría social, y lo que no puede aprender de la ciencia pura.
Remató de esta forma: La novela no puede compararse con la epopeya, ni con los monumentos del drama poético. Pero es lo mejor que sabemos hacer ahora mismo. Pero es lo mejor que sabemos hacer ahora mismo. Es una especie de cobertizo de nuestros días, una choza donde el espíritu busca refugio.
Busquemos en estos días esa choza, considero.
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