La célula
La dichosa célula, señores. De lo que fue ayer nada queda hoy: el recuerdo, sólo el maldito recuerdo de lo que fuimos ayer es lo que nos escuece.
Cuando nos rondan ya los 50 años, sólo el recuerdo de nuestro ayer nos mantiene vivos para continuar en este valle de lágrimas y amarguras, soledades. Nuestro corazón anhela, pero el cuerpo ya no da para más: los doctores nos explican, es la célula humana la que envejece.
Carajo, cómo puede la naturaleza hacernos esto, si apenas ayer disfrutamos de los ojos claros de una morena hermosa, su sonrisa, sus labios generosos que pronunciaban nuestro nombre.
Y hoy todo nada más es recuerdo, y angustias, y amargura y dolor amargo: dan ganas de agarrarse a golpes con el mundo, con la vida, con la gente.
Aunque nos encarceles, cómo puede ser, Señor: cómo poder vivir sin la caricia de esa joven que pasa junto a nosotros contoneando sus caderas, senos al aire, cabellos libres ante nuestros ojos cansados, Señor.
Es la célula que envejece, nos dicen los médicos. Y mi ciencia no alcanza a comprender de qué manera se vive cuando la dichosa célula envejece. Qué es eso de la célula si yo nada más sabía de flores y obsequios para llegar al corazón de esa pequeña, para pretenderla, para amarla. Y ahora la célula.
No lo acepto, nadie en su sano juicio puede aceptar que la dicha de los ayeres está marchita, acabada pues.
Mientras el mismo sol enciende los rostros de tanta y tanta muchacha guapa, de tanta belleza. Y uno aquí parado ante esta célula que ya no quiere jalar, que ya no puede jalar. Aunque venga la chica guapa y nos invite a dar un paseo por el mundo feliz, sigo aquí detenido en la célula envejecida, carajo.
Los días llegan veloces a nuestra vida. En el tiempo de la felicidad, en los años de la juventud, uno no pensaba, no se imaginaba que la dichosa célula envejecería. Pero heme aquí, señores, detenido ante un pasado reciente, el recuerdo, y rodeado de tanta muchacha guapa.
Mis ojos están cansados, mis manos tiemblan. Mi cuerpo ya no es el que fue, dicen los médicos que debo tener actividades que me relajen, tranquilicen: que debo salir a caminar por las mañanas, acudir al gimnasio, hacer deporte.
Pero resulta, señores, que donde voy a caminar o a entrenarme, en el deportivo, hay tanta muchacha hermosa que se me altera el pulso, la sangre, y vuelvo a este estado de melancolía que me hace sufrir.
Creo que por la tal célula entraré ahora al mundo de la farmacodependencia, para no ver, para no sufrir y llegar en paz a los últimos días de la existencia.
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