Jueves, Octubre 22, 2009

Italo Svevo

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Cuántas veces hemos leído de hombres y mujeres que en su primera juventud se propusieron entregar la vida a la escritura, a plasmar en tinta y papel el universo que los puebla.
Seguramente responderemos que son muchas las ocasiones en que hemos conocido de esos hombres, de esas mujeres, que quisieron ser escritores. Pero los azares del oficio les hicieron cambiar de parecer. Renunciaron a la escritura luego de algunos intentos, algunas publicaciones.

Resulta demoledor para la esos futuros escritores perseguir la idea, la motivación que los lleva a escribir, durante tantos y tantos años, algunos desde la adolescencia, y cuando llegan a publicar su obra no pasa nada. Nada de nada, la vida sigue como si esa obra tantas veces buscada no hubiese sido editada.
Ese hombre, esa mujer, entran en una enorme crisis existencial: ellos se convirtieron en escritores con sacrificio y valor, talento y esfuerzo, pero a su alrededor nadie lo sabe. Siguen siendo ágrafos, ni su madre se entera que acaban de publicar un libro de cuentos, una novela o un conjunto de poemas.
Más en estos tiempos de revolución en la comunicación. La honorable y culta madre, la dichosa novia, está perfectamente enterada de cada capítulo de la telenovela del momento, de todos los detalles de la vida de sus estrellas de cine, pero no sabe lo que hace su amado.
En el caso de las mujeres la vida de una aspirante a escritora se convierte en doblemente marginal, en este país y en cualquier parte del mundo, marginal por su condición y marginal por su oficio de escritora. Su padre, hermano o amado está más al pendiente de la tabla de posiciones del campeonato nacional de futbol, de los procesos electorales, de la política.
El oficio de escritor es azaroso, lo puede decir muy bien el italiano Italo Svevo, nombre con el cual firmó sus libros Ettore Schmitz.
Este hombre que nació en Trieste, Italia, en 1861, publicó tres novelas en su vida: Una vida, Senilidad y La conciencia de Zeno.
Con las dos primeras no pasó nada, ni su santa familia, de origen alemán, supo que ese joven era escritor. Ante la falta de resultados con las publicaciones decidió abandonar la literatura, dejar de escribir y dedicarse a lo que le proponía su padre: los negocios y las finanzas.
Pero aconteció algo realmente maravilloso, extraordinario: un joven escritor irlandés llegó a leer el material publicado, su nombre era James Joyce.
Joyce lo motivó para que publicara sus obras en Francia, lo que hizo. Un poeta que llegaría a cobrar mucha fama, Eugenio Montale, lo alabó en reseñas periodísticas y lo consideró el Marcel Proust de Italia.

Hacia el final de su vida Svevo observó el fruto de sus esfuerzos ante la hoja en blanco, su esposa se dedicó también a la escritura y uno de sus sobrinos también se dedicó a las letras.

Por: Administrador en
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