Engaños
Llega el domingo y la familia se congrega en el desayunador para elegir el almuerzo del fin de semana. En el refrigerador aguardan unos camarones salados recién llegados del Istmo. Se hace agua la boca cuando imagino una torta de huevo con camarón seco.
Mi mujer pone a remojar los camarones en agua tibia para arrancar uno poco el exceso de sal. En el primer cambio de agua, me dice: están pintados.
En verdad, los camarones están tratados con tintura, para darles ese color rojizo que tanto los hermosea.
Recuerdo a la anciana que me vendió los camarones. Era una mujer que irradiaba nobleza, bonhomía. Una mujer zapoteca que no alcanzaba a distinguir el billete de reciente impresión, donde se representan a los héroes del bicentenario de la Independencia nacional.
Ahora pintan los camarones, como el pollo”, dice mi mujer. Y se explica: parea que las piezas de las aves se vean frescas, recién sacrificadas, los expendedores las pintan de amarillo. Así el público consumidor cae en la trampa: adquiere pollos viejos a ´precios de ejemplares frescos.
Este mundo se satura de engaños, hasta en el comercio que realiza nuestra gente, nuestros vecinos.
Uno espera engaños de parte de los políticos, el gobierno, los periodistas, pero no de una anciana que a sus muchos años se gana la vida con el producto de la pesca que realizan sus hijos, sus nietos.
Uno espera que sea verdad lo que compra a media cuadra de la casa, donde una mujer joven vende desde las horas de la mañana pollo fresco.
Pero esta cultura de ser cada día más hijos de puta, fulanos y fulanas dedicados al engaño diario, nos está rebasando.
Ya no es necesario abrir las páginas del diario para llenarnos la cabeza de mentiras, ya no es suficiente con escuchar los noticieros de radio y ver la televisión antes de irse a dormir.
Ahora, al ir a comprar nuestros alimentos al mercado, pagar por ellos a un precio cada día más elevado, nos exponemos al engaño. Y no hay autoridad que vigile o supervise lo que se ofrece al público consumidor.
Ya no se puede confiar uno al comerciar con nuestra gente, nuestro pueblo. Y esto que se trata de alimentos, cuando se refiere a las bebidas como el mezcal, las cosas empeoran.
Pero con pintura o sin ella los camarones en torta de huevo supieron deliciosos. Será que cuando uno consume alimentos que comió de niño, cuando padre y madre vivían, cuando la muerte no tocaba aún a nuestra puerta, las cosas saben mucho mejor.
Será que el engaño, ahora, será el primer precio que deba uno pagar en estas horas, en esta edad.
Escribe tu comentario