Diciembre
Corre el frío de diciembre, el cuerpo reciente lo que recibe: se reblandece todo, la memoria y la carne.
El cuerpo sabe cuando está por terminar el año, así con ese periodo de 12 meses como lo conocemos. El cansancio de la vida se acumula en estos 31 días. Pero, cuando avanza la llegada de fin de año y los años del vivir se acumulan, hay finales de año que golpean el alma.
Los recuerdos lejanos se agolpan. Recuerdo en este momento que mi padre cada 1 de diciembre ordenada instalar el árbol de Navidad.
Mi padre era un marinero que agradecía la llegada de diciembre. Se cargaba de regalos para sus hijos y realizaba festejos.
En el barrio salía la Rama, un grupo de niños que cargaban por la calle una rama de cualquier árbol pintada de blanco, que se decía semejaba un árbol nevado, y bailaban y cantaban canciones de moda.
Ahora ubico que en estos días de diciembre nos gustaba el sentirnos en un sitio distinto al que habitábamos: un lugar nevado, donde uno tenía que ponerse la chamarra guardada durante el resto del año. Mire usted que utilizar esa prenda en esos calores tropicales.
Eso nos agradaba, y salir con permiso de los padres hasta las altas horas de la noche, que serían las 10 o las 11 que para nosotros, muy pequeños, sentimos que eran las horas de la madrugada, el tiempo de los adultos.
El barrio se llenaba de música y luz, sobre todo la luz en las casas y las calles llamaban nuestra atención.
Era el tiempo de reencontrarse con los amigos que habían salido con sus padres a vivir en otra ciudad u otro pueblo. Por aquel entonces nada sabíamos de crisis económicas, deudas o problemas maritales. Simplemente la gente se alejaba del barrio y en diciembre nos volvíamos a encontrar.
También volvían con nosotros los hermanos mayores, nos contaban sobre sus estudios y sobre la ciudad: nos decían del cine y de los teatros, de la televisión que ya existía y que para los niños de aquel tiempo era una presencia imaginaria.
Llegaban los cohetes, las noches en que uno podía salir a la calle y encontrase con las niñas. Cosas de otro tiempo, mire usted que salir a la calle a quemar cohetes y luego escaparse a buscar alguna niña, mire usted.
Los viejos reblandecían la dureza de su vigilancia, nos compraban ropa nueva, zapatos. Nada tan ilusorio para un niño que crece que estrenar zapatos. Ahí se daba cuenta uno lo grande que ya estaba, se cambiaban los números del calzado.
Así llegaba diciembre para los niños de aquel pueblo donde crecí: estaban papá y mamá, no existía la muerte ni la angustia, el dolor y la soledad. Eran los días de un niño: feliz y a su gusto.
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