Lunes, Diciembre 14, 2009
Engaños
Llega el domingo y la familia se congrega en el desayunador para elegir el almuerzo del fin de semana. En el refrigerador aguardan unos camarones salados recién llegados del Istmo. Se hace agua la boca cuando imagino una torta de huevo con camarón seco.
Mi mujer pone a remojar los camarones en agua tibia para arrancar uno poco el exceso de sal. En el primer cambio de agua, me dice: están pintados.
En verdad, los camarones están tratados con tintura, para darles ese color rojizo que tanto los hermosea.
Recuerdo a la anciana que me vendió los camarones. Era una mujer que irradiaba nobleza, bonhomía. Una mujer zapoteca que no alcanzaba a distinguir el billete de reciente impresión, donde se representan a los héroes del bicentenario de la Independencia nacional.
Ahora pintan los camarones, como el pollo”, dice mi mujer. Y se explica: parea que las piezas de las aves se vean frescas, recién sacrificadas, los expendedores las pintan de amarillo. Así el público consumidor cae en la trampa: adquiere pollos viejos a ´precios de ejemplares frescos.
Este mundo se satura de engaños, hasta en el comercio que realiza nuestra gente, nuestros vecinos.
Uno espera engaños de parte de los políticos, el gobierno, los periodistas, pero no de una anciana que a sus muchos años se gana la vida con el producto de la pesca que realizan sus hijos, sus nietos.
Uno espera que sea verdad lo que compra a media cuadra de la casa, donde una mujer joven vende desde las horas de la mañana pollo fresco.
Pero esta cultura de ser cada día más hijos de puta, fulanos y fulanas dedicados al engaño diario, nos está rebasando.
Ya no es necesario abrir las páginas del diario para llenarnos la cabeza de mentiras, ya no es suficiente con escuchar los noticieros de radio y ver la televisión antes de irse a dormir.
Ahora, al ir a comprar nuestros alimentos al mercado, pagar por ellos a un precio cada día más elevado, nos exponemos al engaño. Y no hay autoridad que vigile o supervise lo que se ofrece al público consumidor.
Ya no se puede confiar uno al comerciar con nuestra gente, nuestro pueblo. Y esto que se trata de alimentos, cuando se refiere a las bebidas como el mezcal, las cosas empeoran.
Pero con pintura o sin ella los camarones en torta de huevo supieron deliciosos. Será que cuando uno consume alimentos que comió de niño, cuando padre y madre vivían, cuando la muerte no tocaba aún a nuestra puerta, las cosas saben mucho mejor.
Será que el engaño, ahora, será el primer precio que deba uno pagar en estas horas, en esta edad.
Domingo, Diciembre 13, 2009
Galeano
Actualmente son escasos los periodistas que acuden a la estructura narrativa literaria, contar una historia, para presentar sus informaciones.
La mayoría de esos informadores se quedan con aquello que aprenden en la universidad: una estructura narrativa que llaman “pirámide invertida”, que narra los hechos de lo que tiene mayor a menor importancia.
Esto tiene que ver mucho con el periodismo gringo, al menos en nuestro país. Pero esta solución “escolar” aleja a los posibles consumidores del medio de información: en realidad la pirámide invertida ahorra espacio, pero le quita el interés de lectura que podría despertar en el lecto
Con la llegada de la computadora y el internet, al utilizarse las soluciones del siglo pasado para redactar las notas periodísticas, se masificó la industria. Ya nadie distingue los estilos para presentar la información.
Y eso es lo que hace falta en el mundo, no sólo en el periodismo: estilo. Hace falta estilo en el género humano, para vivir, para amar, para pasar sobre esta tierra.
Mirando bien las cosas, caro lector, hace falta estilo y humanidad, más en el periodismo. Los jóvenes egresados de las aulas universitarias creen a pie juntillas todas las mentiras con las que los rellenan los maestros: creen en un periodismo objetivo, nada más alejado de la realidad.
Mientras las notas no las redacten las máquinas, mientras los acontecimientos que se reportan no lo hagan las computadoras, serán subjetivos. Porque el que redacta, el que testimonia, el que verifica los acontecimientos, las informaciones que se reportan en el medio cuenta con un contexto sicológico y una historia propia, un punto de vista, y eso hace a su producto subjetivo.

Podrán decir los profesores universitarios que forman a los periodistas lo que quieran en cuanto a la objetividad, pero mienten. Las notas las hacen seres humanos. Y punto.
Y eso es lo que falta en los periodistas: humanismo. En nombre de lo que llaman interés público le quieren mirar las almorranas a cualquiera, exhibirlo.
Realizan este hecho con una enorme carencia de estilo, que los alejan del estilo, de un buen acto de narrar hechos. Así las cosas hasta la fecha en que está amenazada la misma actividad, el periodismo, en algunos sectores como la prensa escrita por la revolución de las computadoras y el internet.
Allá ellos y su tonta cabeza, pero en nuestro continente, esta América dolorida y descalza, existen periodistas que teorizan sobre su actividad y comprueban que basados en estilo y humanismo podrá el quehacer sobrevivir a la tecnología que todo lo masifica y lo pone al alcance de todos al minuto.
Uno de ellos es Eduardo Galeano, por ahí podrán encontrar su libro Nosotros decimos no, crónicas (1963-1988). Un trabajo periodístico que se disfruta y estimula.
Viernes, Diciembre 11, 2009
Aniversario
A principios de diciembre, este su periódico, adiario, celebró su cuarto aniversario con una cena donde participaron compañeros trabajadores y directivos. Noche de celebración y de discursos; noche para ponderar avances y retrocesos.
En la mesa de los directivos sobresalía algo singular: quienes llevan las riendas de este medio informativo son mujeres. Ahí estaban ellas, talentosas y bellas, encabezadas por nuestra directora Guadalupe Ríos.
Las mujeres toman la palabra y el mando. Y lo que sucede en este medio es histórico para el periodismo oaxaqueño. Las mujeres hoy nos encabezan, y la verdad es que resulta grato laborar en compañía de ellas, tan talentosas como bellas.
En esa noche de celebración sobresalía otro elemento: las mujeres con las que laboramos muestran profesionalismo y nivel académico. Ya no más los tiempos del periodismo empírico, los días de los asaltantes con charola que se desgarran las ropas en nombre de la libertad de expresión.
Los retos nuevos que nos impone nuestra sociedad están siendo atendidos con soluciones nuevas: ahí está la participación de estas jóvenes mujeres, profesionales del periodismo.
Ellas llegan a ocupar su puesto en el periódico por méritos propios. Ciertamente la realidad de esta empresa, la toma del mando de las mujeres, refleja una realidad de la sociedad oaxaqueña: las mujeres están deseosas de mostrar sus talentos y saberes.
Decía hace muchos años el maestro Buendía, sobre el quehacer del periodista, que en el caso de las profesiones los médicos, por decir algo, enterraban a sus errores y que los periodistas los exhibían.
Pues aquí están las mujeres, muy jóvenes ellas, asumiendo el reto y el compromiso. Y está también, por qué negarlo, un consorcio empresarial encabezado por Samuel Gurrión, dispuesto a respaldar la vocación de liderazgo y dirección de las mujeres.
En esta sociedad machista, esa decisión no es nada fácil. Ni para las profesionales que ejercen día con día el periodismo ni para un empresario que arriesga capitales. Más en estos tiempos de quebranto financiero.
Porque aquí, en adiario, las mujeres están por todas partes: en la mesa de redacción, en la gerencia, en la cuestión contable, en publicidad. En todas partes ejercen día con día su pasión por informar.
El tiempo genera una visión irreal sobre los hechos, es indudable. De alguna forma el paso del tiempo nos indica que nuestra estancia sobre esta tierra es efímera. Pero también, quién lo duda, el paso del tiempo nos ubica en una perspectiva que dice de nuestros avances, los logros.
Jueves, Diciembre 10, 2009
Diciembre
Corre el frío de diciembre, el cuerpo reciente lo que recibe: se reblandece todo, la memoria y la carne.
El cuerpo sabe cuando está por terminar el año, así con ese periodo de 12 meses como lo conocemos. El cansancio de la vida se acumula en estos 31 días. Pero, cuando avanza la llegada de fin de año y los años del vivir se acumulan, hay finales de año que golpean el alma.
Los recuerdos lejanos se agolpan. Recuerdo en este momento que mi padre cada 1 de diciembre ordenada instalar el árbol de Navidad.
Mi padre era un marinero que agradecía la llegada de diciembre. Se cargaba de regalos para sus hijos y realizaba festejos.
En el barrio salía la Rama, un grupo de niños que cargaban por la calle una rama de cualquier árbol pintada de blanco, que se decía semejaba un árbol nevado, y bailaban y cantaban canciones de moda.
Ahora ubico que en estos días de diciembre nos gustaba el sentirnos en un sitio distinto al que habitábamos: un lugar nevado, donde uno tenía que ponerse la chamarra guardada durante el resto del año. Mire usted que utilizar esa prenda en esos calores tropicales.
Eso nos agradaba, y salir con permiso de los padres hasta las altas horas de la noche, que serían las 10 o las 11 que para nosotros, muy pequeños, sentimos que eran las horas de la madrugada, el tiempo de los adultos.
El barrio se llenaba de música y luz, sobre todo la luz en las casas y las calles llamaban nuestra atención.
Era el tiempo de reencontrarse con los amigos que habían salido con sus padres a vivir en otra ciudad u otro pueblo. Por aquel entonces nada sabíamos de crisis económicas, deudas o problemas maritales. Simplemente la gente se alejaba del barrio y en diciembre nos volvíamos a encontrar.
También volvían con nosotros los hermanos mayores, nos contaban sobre sus estudios y sobre la ciudad: nos decían del cine y de los teatros, de la televisión que ya existía y que para los niños de aquel tiempo era una presencia imaginaria.
Llegaban los cohetes, las noches en que uno podía salir a la calle y encontrase con las niñas. Cosas de otro tiempo, mire usted que salir a la calle a quemar cohetes y luego escaparse a buscar alguna niña, mire usted.
Los viejos reblandecían la dureza de su vigilancia, nos compraban ropa nueva, zapatos. Nada tan ilusorio para un niño que crece que estrenar zapatos. Ahí se daba cuenta uno lo grande que ya estaba, se cambiaban los números del calzado.
Así llegaba diciembre para los niños de aquel pueblo donde crecí: estaban papá y mamá, no existía la muerte ni la angustia, el dolor y la soledad. Eran los días de un niño: feliz y a su gusto.