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Oaxaca literario es el espacio donde César Rito da a conocer sus trabajos


césar rito
Autobiografía
Mi nombre es César Rito Salinas, nací un 2 de agosto de 1964, cuando en este país soplaban los vientos del progreso y la felicidad. Mi madre me parió en el puerto de Veracruz, Veracruz, pero en realidad soy de un pueblo denominado Santo Domingo Tehuantepec, Oaxaca. Mi padre era marino militar, mi madre ama de casa, indígena zapoteca analfabeta, para más señas, quien me enseñó a amar a los libros. Esa es la realidad, en aquel tiempo y en éste, de los pueblos de la nación: las madres analfabetas se encargaban de inculcar en sus hijos el amor por los libros, y las armas; la pasión por nuestro pueblo, las calles, la iglesia, el mercado: las fiestas, la música de la región.
En el barrio donde crecí celebramos la fiesta de Asunción de María, el 14 de agosto: esta es la fecha en que nos tocaba estrenar zapatos y pantalones, camisa manga larga. La fiesta de agosto nos robaba la cabeza, era esperada con ansias. La gente se preguntaba qué grupos musicales traerían los organizadores, y hasta venían a celebrar con nosotros mujeres y hombres de otros barrios y otros pueblos.

Sábado, Septiembre 26, 2009

Víctor Quintas

Una noche en el barrio Latino, en París, encontré a Julio Cortázar leyendo con Edgar Allan Poe en un parque sembrado de urnas, preparan la traducción al español de unos cuentos del genio de Baltimore. Repetían sólo una frase: ¿qué Dios detrás de Dios? Y reían.

Los dejé trabajar porque yo andaba en mi propia búsqueda: el Necronomicón, al que tanto se refería H. P. Lovecraft. Pero Howard Phillips no me quiso dar razón del paradero de aquel texto. Luego supe que Nathaniel lo había prevenido de mi persona.
Desilusionado abordé el Metro de la Ciudad Luz, descendí en la avenida Independencia, aquí en Oaxaca: justo en el momento en que pasaba Don Alfonso Reyes en compañía de una mano que tenía vida propia, independiente, que tocaba la espalda a las muchachas y se agitaba como calzoncitos en el tendedero. Atrás dejó a Leopoldo Lugones, a quien perseguía una lluvia de fuego.
Delante iba Julio Torri, acompañado de una multitud que marchaba a los de fusilamientos. Todo esto me aturdió, pero ya en Bar jardín, en compañía de Silvina Ocampo y Bioy, me explicaron el asunto: se trata sólo de que observes tu sombra, y no la pises.
Le dije que su comentario me parecía extraño, porque me lo había dicho ya hacía poco rato mi madre, que tiene algunos años de muerta. Pero Filisberto Hernández aclaró el punto: se trata de que veas el sol a media noche.
En eso el día estaba dando su vuelta en 80 mundos, y volví a ver a mi madre. Me dijo: cásate con una mujer de orejas pequeñas, tienen corta vida.
Seguí mi viaje esperando no encontrarme con Saturnino Galván, no fuera ser que se cayera un ladrillo en mi cabeza y no alcanzara a entregar en redacción del periódico este texto. Pero Dios es grande y Saturnino no se apareció por mi camino, por ahora.
A esa hora de la noche un joven leía su libro en el café, distraía su lectura porque de la azucarera salía una hormiga, diminuta hormiga. El joven lector ni fue ni vino, sólo la aplastó.
En las azoteas algunos hombres se preparaban a la defensa de la patria portando bazucas, yo les grité que tenían la mira equivocada: qué te importa me gritaron.
A todo esto recordé que tenía que llegar pronto en la casa porque dejé en la estufa un texto de Borges y el otro Borges, y no se me fueran a pasar de cocimiento.
Me alejé aprisa del zócalo de la ciudad, ya había andado lo suficiente esa noche. A medio camino recordé que algo se estaba remojando en la biblioteca Fernando Pessoa, y que tenía que asistir a ese encuentro.
Antes de llegar encontré a Víctor Quintas, que traía un ramo de ocho flores en la mano: iba corriendo, alegre, quería presenciar un accidente automovilístico del que recién acababan de informar por la prensa.