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Oaxaca literario es el espacio donde César Rito da a conocer sus trabajos


césar rito
Autobiografía
Mi nombre es César Rito Salinas, nací un 2 de agosto de 1964, cuando en este país soplaban los vientos del progreso y la felicidad. Mi madre me parió en el puerto de Veracruz, Veracruz, pero en realidad soy de un pueblo denominado Santo Domingo Tehuantepec, Oaxaca. Mi padre era marino militar, mi madre ama de casa, indígena zapoteca analfabeta, para más señas, quien me enseñó a amar a los libros. Esa es la realidad, en aquel tiempo y en éste, de los pueblos de la nación: las madres analfabetas se encargaban de inculcar en sus hijos el amor por los libros, y las armas; la pasión por nuestro pueblo, las calles, la iglesia, el mercado: las fiestas, la música de la región.
En el barrio donde crecí celebramos la fiesta de Asunción de María, el 14 de agosto: esta es la fecha en que nos tocaba estrenar zapatos y pantalones, camisa manga larga. La fiesta de agosto nos robaba la cabeza, era esperada con ansias. La gente se preguntaba qué grupos musicales traerían los organizadores, y hasta venían a celebrar con nosotros mujeres y hombres de otros barrios y otros pueblos.

Viernes, Diciembre 05, 2008

Graciela Hernández Rivera

Un día, durante una reunión latinoamericana sobre educación, allá en la Isla, el Comandante Fidel Castro le dijo la profesora Graciela Hernández Rivera: quisiera tener lo recio de tu voz.

La profesora Graciela Hernández Rivera sólo sonrió al ilustre comandante. Quizá lo que en realidad tuvo presente en ese momento de trabajos por la educación latinoamericana fueron sus inicios, hará muchos años, como profesora rural, en esta nuestra Oaxaca sufrida y llena de esperanzas.

Los padres de la profesora, Don Félix y Doña María, gente de la Revolución, para más señas, son originarios del mítico Parián. Sí, este lugar lo menciona el maestro Malcolm Lowry,  porque él estuvo ahí: es un sitio que crece junto a un enorme río, donde a principios del siglo pasado se llegó a tener una enorme actividad económica y hoy está muerto y olvidado.

Parián era paradero del ferrocarril, que traía mercancías de la Ciudad de México a nuestra capital del estado de tres calles. Por ahí pasó Malcom Lowry, acompañado de un amigo.

De ahí salió esta mujer recia, la profesora, que a muy temprana edad entregó su vida en los poblados de Dios y el olvido a la educación. Desde hace muchos años, los que vivimos por San Martín por la Secundaria, tenemos la dicha de contarla como directora de la Escuela Primaria Policarpo T. Sánchez.

Allí entrega sus afanes para que los hijos de la gente del pueblo, de la señora que hace el atole y las tortillas; de la gente que trabaja en las obras de la construcción o en la burocracia municipal o estatal, reciban una correcta educación básica, primaria.

Como directora de la escuela Policarpo, esta educadora y luchadora social de viejo cuño es solidaria con, digamos, el movimiento sindical de la 22. Pero eso sí, terminada la lucha sindical todos a enseñar letras y ecuaciones, a instruir a los padres para que entreguen salud a sus hijos. Ah, también es solidaria con los poetas.

Ella tiene muy bien definido el asunto de lo que es la lucha sindical y el compromiso social del educador; en los casos, dice, el pueblo es primero.

A últimas fechas está comprometida con la alfabetización de los mayores. Cada tarde, con el modelo cubano, los adultos de San Martín acuden a recibir letras y conocimiento.

La educación es su vida y su esposo Alejandro y sus nietos Carmen y César. Y su familia, que es grande y generosa. Y entregada a sus hermanas y hermanos.

Por estas fechas de ingreso a los hospitales, mi malograda persona recibió las bendiciones de esta enorme mujer, ejemplo de mujeres y del trabajo, de la educación y el compromiso social.

Un día, a su regreso de Cuba, me trajo un abrecartas que lleva en el manguillo los emblemas nacionales de la isla. Lo conservo y lo utilizo. Cada que lo hago pienso en la vida de dolor y gozo que lleva esta gran mujer, la profesora Graciela: hoy, no me puedo contener y le dedico la columna; al final de cuentas ese es el oficio del que escribe, o debiera serlo: reconocer los días de quienes luchan a nuestro lado, y ponerlo en tinta y papel.