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Oaxaca literario es el espacio donde César Rito da a conocer sus trabajos


césar rito
Autobiografía
Mi nombre es César Rito Salinas, nací un 2 de agosto de 1964, cuando en este país soplaban los vientos del progreso y la felicidad. Mi madre me parió en el puerto de Veracruz, Veracruz, pero en realidad soy de un pueblo denominado Santo Domingo Tehuantepec, Oaxaca. Mi padre era marino militar, mi madre ama de casa, indígena zapoteca analfabeta, para más señas, quien me enseñó a amar a los libros. Esa es la realidad, en aquel tiempo y en éste, de los pueblos de la nación: las madres analfabetas se encargaban de inculcar en sus hijos el amor por los libros, y las armas; la pasión por nuestro pueblo, las calles, la iglesia, el mercado: las fiestas, la música de la región.
En el barrio donde crecí celebramos la fiesta de Asunción de María, el 14 de agosto: esta es la fecha en que nos tocaba estrenar zapatos y pantalones, camisa manga larga. La fiesta de agosto nos robaba la cabeza, era esperada con ansias. La gente se preguntaba qué grupos musicales traerían los organizadores, y hasta venían a celebrar con nosotros mujeres y hombres de otros barrios y otros pueblos.

Miércoles, Noviembre 05, 2008

Tierras del viento

Vengo de las tierras del viento fuerte, de los mulles sin pescadores, de las tardes en que caben las naves amarradas a la tristeza de su abandono, su olvido. Provengo de las tierras que se abren junto al mar.

Tierras donde la tristeza crece como mala hierba en tiempos de aguacero, donde sólo la lectura salva mi cuerpo de la tentación del suicidio, el vicio.

Las tardes pasan acá sobre un cortejo fúnebre que acompaña nuestra gente, mi gente, por el camino del sol y viento que se adelanta frente a mi casa.

Tardes donde es mejor morir a esperar la vida que se abrirá mañana. Los barcos amarrados en el muelle a una canción de otro tiempo, días de captura de peces y crustáceos. Días de trabajo que hacen florecer la vida.

Algún marino viejo andará por ahí, pegado a la muleta que suple a la pierna, entre guindolas donde se revuelcan con el viento salino espigas de trigo desembarcadas en otro tiempo.

Con este tiempo ningún marino acude a los mulles. Se convirtieron todos, casi todos, en sombra de cantina. Otros siempre hay otros, acuden al templo evangélico a orar por sus almas. Su podrida alma después que dilataron juventud y dineros en los mejores burdeles del pacífico.

Tarde en que ya no queda el consuelo de acudir a la estación del ferrocarril a ver partir los trenes. El puerto ya no tiene ferrocarril, sólo las vías que orinan puntualmente sarro sobre nuestra tierra.

Tardes sin capitanes del mar, que abandonan la marinería, para largarse a beber o ir a rezar por su podrida alma. Tiempo en que se pudre el casco del barco, la cabuyería, el mástil que ya no vence tempestades.

El puerto entero abandonó la pesca. Ahora los jóvenes sólo desean engrosar las filas de los burócratas, hacerse viejos sin historias de mar qué contar en las tardes de viento.

Dos o tres hombres recuerdan las historias de batallas épicas en el mar. Pero ya no sueltan amarradas de ninguna embarcación. El mar no es más que un pasado próximo, territorio de los abuelos ya fallecidos.

El mar hoy es cosa de libros, de poesía, que unos cuantos hombres tristes leen en las tardes de viento. Para suicidarse, para no abandonar el cuerpo. Asunto que ya no incumbe a nadie. Territorio sólo del salitre y la mugre.