Miércoles, Noviembre 05, 2008
Tierras del viento
Vengo de las tierras del viento fuerte, de los mulles sin pescadores, de las tardes en que caben las naves amarradas a la tristeza de su abandono, su olvido. Provengo de las tierras que se abren junto al mar.
Tierras donde la tristeza crece como mala hierba en tiempos de aguacero, donde sólo la lectura salva mi cuerpo de la tentación del suicidio, el vicio.
Las tardes pasan acá sobre un cortejo fúnebre que acompaña nuestra gente, mi gente, por el camino del sol y viento que se adelanta frente a mi casa.
Tardes donde es mejor morir a esperar la vida que se abrirá mañana. Los barcos amarrados en el muelle a una canción de otro tiempo, días de captura de peces y crustáceos. Días de trabajo que hacen florecer la vida.
Algún marino viejo andará por ahí, pegado a la muleta que suple a la pierna, entre guindolas donde se revuelcan con el viento salino espigas de trigo desembarcadas en otro tiempo.
Con este tiempo ningún marino acude a los mulles. Se convirtieron todos, casi todos, en sombra de cantina. Otros siempre hay otros, acuden al templo evangélico a orar por sus almas. Su podrida alma después que dilataron juventud y dineros en los mejores burdeles del pacífico.
Tarde en que ya no queda el consuelo de acudir a la estación del ferrocarril a ver partir los trenes. El puerto ya no tiene ferrocarril, sólo las vías que orinan puntualmente sarro sobre nuestra tierra.
Tardes sin capitanes del mar, que abandonan la marinería, para largarse a beber o ir a rezar por su podrida alma. Tiempo en que se pudre el casco del barco, la cabuyería, el mástil que ya no vence tempestades.
El puerto entero abandonó la pesca. Ahora los jóvenes sólo desean engrosar las filas de los burócratas, hacerse viejos sin historias de mar qué contar en las tardes de viento.
Dos o tres hombres recuerdan las historias de batallas épicas en el mar. Pero ya no sueltan amarradas de ninguna embarcación. El mar no es más que un pasado próximo, territorio de los abuelos ya fallecidos.
El mar hoy es cosa de libros, de poesía, que unos cuantos hombres tristes leen en las tardes de viento. Para suicidarse, para no abandonar el cuerpo. Asunto que ya no incumbe a nadie. Territorio sólo del salitre y la mugre.