Domingo, Junio 29, 2008
Chesterton
Cuenta la leyenda que cuando Chesterton se incorporaba del asiento que ocupaba en el tranvía de Londres, dos señoras cabían muy cómodamente en el espacio ocupado por aquel voluminoso hombre.
De Chesterton, dice Borges: Pienso que Chesterton es uno de los primeros escritores de nuestro tiempo y ello no sólo por su venturosa invención, por su imaginación visual y por la felicidad pueril o divina que traslucen todas sus páginas, sino por sus virtudes retóricas, por sus puros méritos de destreza.
Me inicié en la lectura de este autor inglés (1874_1936), por recomendación de los textos de Borges: ya se sabe, un libro te lleva a otro y a otro, así hasta el infinito,
En su autobiografía, Chesterton escribe: Doblegado ante la autoridad y la tradición de mis mayores por una ciega credulidad habitual en mí y aceptando supersticiosamente una historia que no pude verificar en su momento mediante experimento ni juicio personal, estoy firmemente convencido de que nací el 29 de mayo de 1874…
…; pero mientras que esa historia está relacionada con mi propia experiencia, mi nacimiento (como ya he dicho) es un incidente que acepto, como cualquier campesino ignorante, sólo porque me ha sido transmitido verbalmente.
Esta capacidad de Chesterton para la ironía, así sea contra él mismo, le resulta demasiado cara a los escritores de nuestro continente; hasta en la actualidad. Nuestros escritores están plagados de actitudes moralizantes, lo que es más: se creen de una casta superior por dominar la palabra escrita en estas tierras de indios.
Algunos, en el colmo de su desgracia, se sienten tan superiores que se consideran con los tamaños suficientes para encabezar los trabajos de progreso de su pueblo desde la mismísima presidencia de la república, como lo es el caso de Rómulo Gallegos hasta Mario vargas Llosa.
Plagados de esa solemnidad apestosa que nos dejó en la sangre la letra castellana, los españoles creen en este tiempo que toda escritura es pedagógica y nunca divertida, nuestros escribanos eligen temas que ellos han dado en llamar “trascendentes” para aplicar en ellos todo su esfuerzo y capacidad sensible sobre el abismo de lo humano.
Nada más alejado de la realidad literaria que la solemnidad, Chesterton y Borges confirman esta regla. En pleno siglo XXI, estos dos autores muestran a quien quiera verla que la escritura linda con los asuntos del lirismo y la diversión, otorga una paz al espíritu que parte de la ironía y lo antisolemne.
En tanto que los españolotes de porquería identifican el actor de escribir textos literarios con la teología y el asunto moralizante, pretenden enseñar a vivir a los lectores desde su miope perspectiva de de la moral y la enseñanza. En ningún texto se indica que el escritor de ficciones literarias deba como fin primero y último enseñar a vivir al lector. Confunden estas pobres almas la ficción con la fábula, un género bastante menor, por cierto.
Estas almas sin rumbo confunden el acto de escribir con el de ser un Dios que reescribe la Biblia.
Allá ellos con su tonta cabeza, porque lo que es escribir literatura es un acto de diversión que se comparte a través del amor que genera entre los humanos la palabra escrita. Nada más, sin pretensión alguna. Así lo confirman escritores como Chesterton y Borges.