Lunes, Mayo 21, 2012
Desde mi juventud tengo en la cabeza la imagen de miseria y sufrimiento de aquella tierra donde nacieron mis padres. Yo sólo era un hombre detenido junto a la carretera que conduce al mar, pero ya estaba cargado de aquel sufrimiento. Así anduve por la vida, con aquella imagen, hasta que un hijo de Dios puso su mano en mi hombro y luego me extendió un libro. Pero mi persona, mi cabeza toda, continuaba con aquella imagen cruel.
Enloquecí de rencor, rodeado por gente que sólo le interesaba un presente que los llenaba de migajas. Por aquellas tierras no llegaba aún la locura de la refinería petrolera. Un hombre sólo podía ser campesino, músico o sastre, e imaginar las combinaciones posibles de esos tres oficios para sobrevivir. Porque nunca aspiré a ser comerciante, de ellos sólo pretende a sus mujeres o a sus hijas.
Busqué al alcohol y a las putas para curarme de esa imagen que me llenaba de soledad. Llegué al mar que repetía mi nombre en cada golpe de agua sobre la arena, en cada tumbo de la ola. Pero el mar, buen padre, sólo decía mi nombre, nomás. Me acerqué por las calles de la colonia San Juan donde encontré pendencias y amigos. El mundo, nuestra tierra, mi país, estaba loco en espera del fin del siglo. Se hacían cosas locas, por el temor del final de los días. La gente no importaba, se requería sólo del progreso, de los avances de la tecnología. Penos iba importar, señoras y señores, un huérfano de padre que al cabo que esos salimos sobrando en nuestra tierra.
Encontré a los hombres del mar, a los trabajadores de las inmensidades oceánicas, a los pescadores de camarón. Ellos me enseñaron que un hombre sólo debe vivir en tierra en tiempo de veda, cuando el gobierno con sus leyes te obliga a suspender tu trabajo. Ese tiempo no es mayor a los tres meses, porque tiene que regresar a su espacio que es el mar y no la tierra. Me identifiqué con ellos, fueron jornadas felices. Eran los tiempos de la buena captura del peneus, tiempos idos que ya por estos días ni llorar por ellos es bueno.
Ellos fondeaban en aquel entonces en Puerto Madero, Chiapas, donde se extendían sobre la arena caliente más puteros que domicilios particulares. Eran las horas en que en los países vecinos, Guatemala, El Salvador, había guerra civil y aquella gente, para abastecerse de alimentos, mandaban a sus hijas a putear, a venderse por un kilo de arroz, una lata de leche, algo de ropa.
No existían bandas de delincuentes, sólo militares y guerrilleros. Cuando la buena pesca sonreía al marinero, al momento de atracar por reparación de la nave o enfermedad de algún tripulante, bajaban a tierra a buscar lo mismísimo que Rodrigo de Triana en aquella expedición hoy famosa que encabezó el almirante de la mar océano, Cristóbal Colón: buscar putas. Si la reparación del navío tardaba una semana, la misma semana entera se la pasaban entre las mujeres y el alcohol y comida del mar. Si la duración era de un mes, el mes entero se lo comían.
Esa era la vida de esos hombres valerosos y simples, que no hacen planes para los años de la vejez porque sabían bien que en cualquier hora, la próxima, podrían terminar acribillados o en la siguiente salida a pescar su embarcación naufragaba.
Me educaron para combatir en los burdeles, en las cantinas, en las calles y en las iglesias. Pero gracias a aquella educación sabia hoy existo.
Pero mi cabeza y mi alma ya estaban contaminadas por el virus letal de la escritura: y ya me brotaban los primeros pelos en la mano como queriendo escribir todo aquello que veían mis ojos. Pero era un chamaco yo, grumete de barco camaronero que navegaba en las aguas del último puerto del Pacífico de esta nación tan grande y tan de mala memoria.
Así que sólo podía continuar con la travesía y en los momentos de vientos buenos, en el mar o en tierra, esconderme en cualquier sitio, hasta en cuarto de máquinas, para sacar un papelito y mi lápiz e iniciar la escritura de mis primeros poemas que, cualquiera que escribe sabe, eran una vil copia de los trabajos de un poeta mayor.
Con mi cara de huérfano, verdadero engendro del mal y con malas costumbres, posteriormente recorrí modas y estilos literarios, autores, hasta que esas lecturas me hicieron llegar a la pregunta primera: ¿Para qué se hace escribe? Generosos amigos me dijeron: es hacer el cuestionamiento de la relación, de la conexión entre la literatura y su meta más elevada, la totalidad-mundo. Desde entonces camino por la vida con las palabras de mi tierra y mis preguntas necesarias que me han hecho llegar a estos días de tsunamis financieros que ponen en jaque a la humanidad toda.
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