Oaxaca Literario

Lunes, Mayo 21, 2012

José Rito Katt, mi padre, al inicio de la década del 40, en el siglo pasado, contaba con escasos ocho años de edad: vivía con sus padres en el puerto de Salina Cruz, Oaxaca, en el Istmo de Tehuantepec. Juan Rito, su padre, mi abuelo, era de oficio pescador. Para mantener a su familia este hombre se incorporaba a las dos de la mañana, para salir a pescar al ante puerto. Quien lo acompañaba a su jornada laboral era mi padre, José.

Que un niño saliera de su cama a las dos de la mañana a trabajar con su padre al mar, no era asunto que importara a ningún habitante de aquel puerto que importara a nadie. Eran los tiempos de la Segunda Guerra Mundial y todos debían entregarse al trabajo, incluso los niños y los ancianos. Corrían rumores muy desgraciados sobre la invasión alemana a nuestro país y sobre el fin del mundo. Así que todos debían trabajar, hasta las criaturas.

Algún tiempo después, cuando yo ya andaba activo en el puerto, el abuelo de una mujer que me prestaba su cama me contó los días de la infancia de mi padre. Aquel hombre que utilizaba una pata de palo me dijo que el reloj despertador de buena parte de la gente del puerto era el llanto de mi padre, que era arrastrado a la playa del antepuerto a soltar la panga y salir a las aguas del Pacífico, a remo, a tirar las redes.

Digo, esto que menciono no sorprende a nadie en estos tiempos de los derechos de las niñas y los niños, de las y los adolescentes. Ahora en que un hijo menor puede demandar ante las autoridades a sus papá por el sólo hecho de que el hombre le haya puestos sus cuerazos por comportarse mal o reprobar en la escuela.

Otros tiempos aquellos, señores, cuando a los niños los hacían hombres y a las niñas mujeres. Por estos días de Dios y María Santísima que corren ya no se sabe quién es quién en los precios: el niño es niña y la niña es niño. Pero bueno, cada quien con su cada cual y cuestión de gustos y posturas: por algo el mundo es redondo y rueda: a mí que me registren.

Sólo vine a mencionar aquí aquellos días del 40, del siglo pasado, cuando el niño José Rito Katt, mi padre, salía en las horas de la mañana al Océano, para ayudar a su padre en la captura de los peces del mar que posteriormente tía Josefa y Tía Natalia recibían en las planchas del mercado público municipal, del puerto.

Así creció la infancia de mi padre hasta que un día decidió inscribirse en el Sector Naval Militar de la Armada de México, en Salina Cruz; contaba con no más de 13 años de edad: en esas horas de su infancia se hizo a la mar, hasta el día de su muerte a la edad de 54 años.

Tampoco esto es algo extraordinario en un país como el mío, México, donde el territorio nacional está sembrado de viudas, huérfanos y hombres en edad productiva que pierdan la vida.

Sólo cuento parte de la infancia del hombre que me dio la vida, sólo eso. Sólo trato de presentarles unos momentos del marino militar que desposó a una indígena zapoteca, en esta Oaxaca nuestra, Oaxaca de esperanza y de olvido.

De esa unión viene este escribidor que se atreve a levantar la letra contra el viento, cuando esto sí es algo extraordinario, poco usual, en esta tierra nuestra donde campean los hijos de puta, los delincuentes y plagiarios en medio de tanta gente con esperanza e ilusión. De gente que quiere testimoniar su momento de existencia, el correr de sus días.