Martes, Febrero 07, 2012
Llegaron los días de resaca luego de las fiestas de fin de año, el alma cruje, el cuerpo se retuerce: nos enfrentamos a un inicio de año y empequeñecemos ante nuestros miedos, desilusiones, fracasos.
Esta es la hora ingrata de levantar el rostro y meter las manos para que nuestros miedos no sean superiores ante la belleza de la vida: ante nosotros se levanta el tiempo para concretar sueños, deseos.
Para que nuestro temor no crezca ante lo enorme del anhelo de una vida mejor, de un tiempo feliz, de nuestros sueños cumplidos, es necesario pegarnos al ejercicio de pensar: hacer uso de nuestro pensamiento es ayudarnos a no ser tan mínimos, tan pequeños.
Resulta necesario hacernos preguntas: por qué habitamos en un pueblo de maledicentes, de gente que desea el mal a su propia gente.
En nuestro pueblo el que triunfa, el que obtiene éxitos es mal visto. Ese sería el mal de toda la nación: aquí nadie puede ser una mujer, un hombre exitoso.
Tenemos el hábito de negar méritos a nuestra propia gente. Si un hombre tiene éxito en los negocios, si se enriquece, inmediatamente decimos, afirmamos, que anda en actividades ilícitas.
Si alguien tiene fortuna en proyectos culturales afirmamos al momento que ese hombre, esa mujer, carece de méritos. Andamos por la vida como si fuéramos críticos de literatura, cine, periodismo.
La gente tiene el alma hecha a la derrota, por eso no aceptamos las victorias, los logros. Esta característica de nuestro espíritu nos viene desde la época de la Conquista. Los españoles tienen esa misma condición: fueron conquistados por los moros.
Pueblos de puras derrotas: en el deporte, en las ciencias, en el arte; por eso malvemos a todo aquel que logra sus sueños, a quien concreta ilusiones. Esto está en nosotros desde que habitamos el vientre materno.
Sería saludable que saludáramos los éxitos de los otros, para que así nosotros tuviéramos un referente para lograr los propios.
Nos pasamos la vida cargados de envidias: en la política, en los negocios, en las ciencias y en las artes. Siempre deseando que se muera al que le va bien: que ese hombre, esa mujer, un día enloquezca, que se lo cargue el carajo, que el cielo lo destruya.
Todo inicio es una oportunidad para crecer, para lograrlo es necesario revisar la condición de nuestro espíritu. Caro lector, este sería un buen deseo de año nuevo.
Autobiografía

Mi nombre es César Rito Salinas, nací un 2 de agosto de 1964, cuando en este país soplaban los vientos del progreso y la felicidad. Mi madre me parió en el puerto de Veracruz, Veracruz, pero en realidad soy de un pueblo denominado Santo Domingo Tehuantepec, Oaxaca. Mi padre era marino militar, mi madre ama de casa, indígena zapoteca analfabeta, para más señas, quien me enseñó a amar a los libros.
Esa es la realidad, en aquel tiempo y en éste, de los pueblos de la nación: las madres analfabetas se encargaban de inculcar en sus hijos el amor por los libros, y las armas; la pasión por nuestro pueblo, las calles, la iglesia, el mercado: las fiestas, la música de la región.
En el barrio donde crecí celebramos la fiesta de Asunción de María, el 14 de agosto: esta es la fecha en que nos tocaba estrenar zapatos y pantalones, camisa manga larga. La fiesta de agosto nos robaba la cabeza, era esperada con ansias. La gente se preguntaba qué grupos musicales traerían los organizadores, y hasta venían a celebrar con nosotros mujeres y hombres de otros barrios y otros pueblos.
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