Oaxaca Literario

Martes, Febrero 07, 2012

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Ella me enseñó las primeras letras: con su voluntad solidaria pude llegar a recorrer ciudades, puertos, mares e islas. Quien te enseña a leer y a escribir, quien comparte contigo su amor a la lectura, te abre las puertas del universo. Su amor solidario me llevó a recorrer la vida, el mundo, siempre bajo su amparo. El mayor placer que compartía era alimentar a sus seres queridos. Afanosa gobernaba la cocina, capitana nos observaba degustar los platillos, convivir en armonía.

Asumió con soberanía las leyes del vivir: educó a sus hijos y en todo momento llevó con dignidad su destino, la orfandad y los males del cuerpo.
Su mayor preocupación eran sus hijos, pero, lúcida, la última tarde que hablé con ella se despidió de mí dándome un beso en la frente y dejó abandonar su cuerpo valiente.

El beso me arde en la frente todavía, en los labios luego que besé su frente. Mis manos imploran por sus manos, solitarias. Antes de dormir la veo en su cama de hospital.

El día domingo, antes de amanecer a la hora de su entierro, soñé con ella: bailaba en la fiesta de nuestra señora de Asunción de María, un 14 de agosto.

Ella fue solidaria con la gente del barrio; en ese sueño, en ese baile, estaba rodeada de sus amigas y comadres, de chela shuanas, de nuestras autoridades religiosas, populares en este Tehuantepec nuestro hoy tan dolido.

La iglesia del barrio estaba a reventar, el día de su misa de cuerpo presente. Largas filas de solidarios amigos llegaron a dar el pésame. Les agradezco su aprecio, su gesto de bondad.

Deja a tres hijos que hoy sufren ante la ausencia de una madre que supo protegerlos en la dicha y el sufrimiento, que los creció en base al buen ejemplo, a los valores de gente buena, a la solidaridad y al trabajo.

Ahí queda pues una vida. Dependerá de los que quedamos por esta tierra seguir con sus proyectos, su trabajo de dar amor en el mundo.

Ese viernes que falleció en el puerto se detuvo el aire. Al amanecer, antes de su muerte, pude observar un cielo claro y tranquilo. Luego todo fue un torbellino, llanto, angustia ante la impotencia de no poder detener la vida que se escapa por un inhalador, una mascarilla de oxígeno.

Ese fue el fin de una vida corta pero productiva. Apenas el año anterior le habíamos celebrado sus 50 años, un 21 de marzo en que fue feliz y dichosa.
Hoy vengo del cementerio a recordar a mi hermana María Guadalupe frente a estas letras inútiles en la hora de la desgracia.

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Biografía I

Autobiografía

Mi nombre es César Rito Salinas, nací un 2 de agosto de 1964, cuando en este país soplaban los vientos del progreso y la felicidad. Mi madre me parió en el puerto de Veracruz, Veracruz, pero en realidad soy de un pueblo denominado Santo Domingo Tehuantepec, Oaxaca. Mi padre era marino militar, mi madre ama de casa, indígena zapoteca analfabeta, para más señas, quien me enseñó a amar a los libros.

Esa es la realidad, en aquel tiempo y en éste, de los pueblos de la nación: las madres analfabetas se encargaban de inculcar en sus hijos el amor por los libros, y las armas; la pasión por nuestro pueblo, las calles, la iglesia, el mercado: las fiestas, la música de la región.
En el barrio donde crecí celebramos la fiesta de Asunción de María, el 14 de agosto: esta es la fecha en que nos tocaba estrenar zapatos y pantalones, camisa manga larga. La fiesta de agosto nos robaba la cabeza, era esperada con ansias. La gente se preguntaba qué grupos musicales traerían los organizadores, y hasta venían a celebrar con nosotros mujeres y hombres de otros barrios y otros pueblos.