Martes, Febrero 07, 2012
En el crecimiento de mi vida profesional dejé a un lado los valores que representan el crecimiento de mi vida espiritual y de ahí nace mi extravió y mi tristeza.
Todo esto lo recuerdo desde mi infancia, cuando mi padre me llevaba los fines de semana a la casa de tío Chito y tía Juanita. Ellos poseían un restaurante junto al mar que estaba formado por una enorme palapa que se sostenía de troncos de árboles de la región desde donde también pendían decenas de hamacas para descansar.
La comida era variada: mariscos y pescados en todas sus formas. Los pescadores llegaban por la mañana al restaurante a venderle a tía Juanita su captura: pescado cocinero, pargo, robalo, camarones y ostión. Productos del mar que inmediatamente eran destinados al hervor lento del fuego en la cocina.
Las mujeres de la zona huave que llegaban con su caminar sin prisas por la playa traían en su cabeza canastos llenos de camarón cocido y salado; gallinas, guajolotes y huevos de rancho: “son los mejores”, decían las mujeres. Junto al restaurante de los tíos se levantaba otra palapa con pisos de mármol: era el sitio de descanso de los oficiales de la Armada de México ahí llegaban los fines de semana las señoras con sus lentes obscuros a lucir el traje de baño y dorar sus piernas al sol.
En ese espacio descubrí por vez primera el sexo de una mujer. En el juego de pelota que sosteníamos los niños de la casa me tocó patear un balón con demasiada fuerza. La pelota se fue a los límites de la palapa de la Armada de México. Aterrorizado al ir a buscar el balón brinqué la primera tapia que delimitaba la propiedad. Para que nadie descubriera mi atrevimiento me escabullí por la parte trasera de los baños y ahí ocurrió la visión: detrás de una celosía, sin que me pudieran ver, observé a una joven mujer que quitada de la pena se desnudaba.
Ya sin el bañador encendió la luz del baño y se dio una ducha. Nunca antes jabón alguno había tenido tan sutil aroma. El brazo levantado de la mujer descubría una blanca axila sembrada de diminutos puntos azules. Su sexo portaba abundante pelo rubio. Bajo el agua se puso en cuclillas, en dirección a la celosía tras donde yo me encontraba, abrió las piernas y lavó su sexo a conciencia.
Luego todo acabó, secó su cuerpo con una toalla amplia y se cubrió con sus ropas: pantaletas blancas y brasier color carne: blusa roja y pantalones blancos. Apagó la luz y se fue dejando mi balón de futbol empapado de mi angustia y excitación.
Autobiografía

Mi nombre es César Rito Salinas, nací un 2 de agosto de 1964, cuando en este país soplaban los vientos del progreso y la felicidad. Mi madre me parió en el puerto de Veracruz, Veracruz, pero en realidad soy de un pueblo denominado Santo Domingo Tehuantepec, Oaxaca. Mi padre era marino militar, mi madre ama de casa, indígena zapoteca analfabeta, para más señas, quien me enseñó a amar a los libros.
Esa es la realidad, en aquel tiempo y en éste, de los pueblos de la nación: las madres analfabetas se encargaban de inculcar en sus hijos el amor por los libros, y las armas; la pasión por nuestro pueblo, las calles, la iglesia, el mercado: las fiestas, la música de la región.
En el barrio donde crecí celebramos la fiesta de Asunción de María, el 14 de agosto: esta es la fecha en que nos tocaba estrenar zapatos y pantalones, camisa manga larga. La fiesta de agosto nos robaba la cabeza, era esperada con ansias. La gente se preguntaba qué grupos musicales traerían los organizadores, y hasta venían a celebrar con nosotros mujeres y hombres de otros barrios y otros pueblos.
© Copyright 2010-2011 www.oaxacaliterario.com Derechos Reservados
Top