
Leer a César Rito Salinas es sumergirse en un estanque de sensaciones que van de extremo a extremo de la columna vertebral, sumergirse en ese estanque que muy pocos, escasísimos poetas alcanzan y sacar las manos empapadas de vida. El lector no puede permanecer indiferente ante poemas como éste:
Leo sobre los últimos días
de Hemingway,
su internamiento
en la clínica Rochester,
los electrochoques.
Tantos años después
llora mi corazón
por la muerte del papá
Hemingway.
Lo veo en su intento
de arrojarse de la aeronave,
buscar las hélices de propulsión.
Realmente una muerte digna la suya,
como la de un elefante,
un león un enorme oso gris.
Desearía para mí
ese fin,
pero yo tan sólo soy
tu perro faldero.
Eusebio Ruvalcaba
Parafraseando a Juan García Ponce puedo escribir ahora: la adversidad en la vida y el corazón del hombre produce, en muchos casos, buena literatura; pero es mala para la vida de quien la padece.
Ella me enseñó las primeras letras: con su voluntad solidaria pude llegar a recorrer ciudades, puertos, mares e islas. Quien te enseña a leer y a escribir, quien comparte contigo su amor a la lectura, te abre las puertas del universo. Su amor solidario me llevó a recorrer la vida, el mundo, siempre bajo su amparo. El mayor placer que compartía era alimentar a sus seres queridos. Afanosa gobernaba la cocina, capitana nos observaba degustar los platillos, convivir en armonía.